El corazón falló, el cerebro no para
Un año después de un infarto: ruido mental, videojuegos y seguir adelante
Hace algo más de un año me dio un infarto de miocardio con elevación del segmento ST. Es un ataque al corazón que tiene una tasa de mortalidad más o menos alta si, como a mí, te atienden fuera de un hospital. Me pasó en casa, me atendieron en la calle y estuvieron 50 minutos hasta que consiguieron reanimarme. Me dio un infarto con 37 años y he sobrevivido, he mejorado mucho dentro de que mi corazón estará dañado por lo que me reste de vida. Tengo un stent en la arteria coronaria izquierda y voy a estar medicado de por vida, pero estoy vivo. Y eso es positivo, supongo.
Antes de que me pasara, pensaba a veces en la muerte, en lo que implica, en lo que dejas atrás. Ahora lo pienso aún más, más a menudo, con más frecuencia y más intensamente. En general tengo un buen ánimo, sobre todo teniendo en cuenta que mi vida laboral también cambió mucho durante este último año (a lo mejor en otro texto, más adelante, entro más en detalle en todo esto). No todo ha sido malo en este año, hemos conocido a Guppy un gatito maravilloso la mayor parte del tiempo; y parece que estoy en mejor forma física que antes del infarto.
Además, he retomado escribir por diversión, sin la presión de tener que hacerlo por trabajo. Y supongo que eso está bien. También he vuelto a editar vídeo, que siempre ha sido lo que realmente he querido hacer con mi vida profesional, aunque ahora mismo solo sea un hobby más. No sé, no se están dando mal las últimas semanas, dentro de lo que cabe. Sin embargo, tengo verdaderos problemas para estar del todo contento, tanto con lo que hago como conmigo mismo, con como soy, con lo que pienso.
Le doy muchas vueltas a todo, siempre estoy anticipando, pensando en qué va a pasar, como va a pasar y qué tengo que hacer. También me pasa que analizo todas y cada una de las interacciones sociales que tengo a lo largo del tiempo: en persona, en redes, incluso las posibles interacciones que voy a tener. Después en la realidad no son muchas, pero ya llego a ellas cansado de tanto darles vueltas. Es agotador. La mayor parte del tiempo neutralizo, pero muchos días, durante muchas horas, estoy cansado simplemente por estar dentro de mi cabeza. Quiero dejar de pensar y creo que en parte es por eso por lo que escribo. No lo sé.
Volviendo al principio, no sé por qué sobreviví, pero lo hice. No todos, pero imagino que alguna gente piensa que sobrevivir a algo así te ofrece una visión reveladora, te permite verlo todo de manera cristalina, como si después de mirar a la muerte a la cara todo se fuese a ordenar de forma automática. No es así, no en mi caso. Las prioridades no se alinean ellas solas, sigue habiendo que hacer un trabajo que da mucha pereza hacer y que resulta muy cansado, agotador, tanto mental como físicamente. Un trabajo que tampoco sé si me apetece hacer, quizás solo me apetece convivir con ello lo que me quede de vida. Supongo que aprenderé a hacerlo.
Sobrevivir no me ha convertido en una persona más sabia, no estoy más tranquilo, no he tenido una revelación sobre el significado de la vida. Lo único que he conseguido es que el ruido de mi cabeza sea algo más intenso cada día que pasa. Y a lo mejor por eso necesito escribir. Para desahogarme, para dar rienda suelta a ideas, temas y pensamientos que no paran de atravesar mi cerebro. Antes pensaba mucho. Ahora pienso más. Como si el cerebro hubiera decidido no parar nunca.
Estoy cansado de vivir tanto dentro de mi cabeza, y ahora mismo una de las pocas maneras de salir un rato de ella es a través de los videojuegos. Tanto de jugar como de pensar en ellos. Mucho, todo el rato. Porque no solo es jugar, es pensar en mecánicas, en sistemas, en cómo está construido algo, en qué funciona y qué no funciona. En los videojuegos todo parece tener una lógica porque cuando haces algo, ocurre algo; y, si te equivocas, normalmente puedes volver a intentarlo. Hay reglas claras, objetivos claros, recompensas claras.
Pero la vida no funciona así, en la vida real puedes hacer todo bien y aun así acabar en el suelo de una calle con el corazón parado durante cincuenta minutos. Puedes hacer tu trabajo durante años, escuchar hablar de familia y de equipo, que te digan que haces un buen trabajo… y aun así descubrir que nada es tan estable como parecía. Puedes intentar ser razonable, amable, profesional, prudente… y descubrir que eso no garantiza absolutamente nada. Ya sabías que no lo garantizaba, pero siempre está de fondo la idea de que si todo lo haces bien, te va a ir bien. O eso nos han intentado vender. Mentira.
En los videojuegos al menos sabes a qué estás jugando. Quizá por eso me resultan tan reconfortantes. Porque durante un rato mi cabeza deja de intentar predecir el futuro, deja de repasar conversaciones pasadas, deja de analizar cada decisión como si estuviera editando una película infinita. Durante un rato hay una pantalla, unas reglas y un objetivo. Y eso es todo. No hay ansiedad existencial en derrotar a un jefe final. No hay dilemas metafísicos en optimizar una build o en encontrar un objeto escondido. Hay algo muy simple en todo ello: hacer algo y ver qué pasa. Como mucho, algo de frustración pasajera por no conseguir determinados objetivos.
A veces pienso que escribir cumple una función parecida porque también encuentro un poco de orden dentro del caos. Evidentemente no elimina todo el ruido, pero lo convierte en algo que al menos tiene forma. Escribiendo soy capaz de dar sentido a todas las ideas peregrinas que tengo, a las conversaciones conmigo mismo que no se acaban nunca. Un pensamiento suelto puede perseguirte durante horas, pero cuando lo conviertes en una frase deja de ser una nube informe y pasa a ser algo que puedes mirar desde fuera. Quizá por eso estoy escribiendo esto. No para sacar ninguna conclusión brillante ni para descubrir el sentido de nada. Simplemente para intentar que el ruido dentro de mi cabeza se parezca un poco más a una conversación y un poco menos a un enjambre. Y supongo que, de momento, con eso es suficiente.


