Un gato para dominarlos a todos
El gato que reorganizo la casa y la vida
Guppy apareció en agosto, debajo de una excavadora en un descampado cerca de casa de mis padres. Estaba lloviendo y escuchamos un maullido y ya le vimos. Al principio pensamos que la madre estaría cerca y que volvería con ella, así que lo dejamos tranquilo. Era minúsculo, muy muy chiquito. Un rato después volvimos a dejar el coche allí y ahí seguía, maullando y escondido. No parecía perdido del todo, pero tampoco parecía pertenecer a ningún sitio en concreto. Simplemente estaba allí, observando, con un poco de miedo, escondido y maullando.
Fue uno de esos momentos que no parecen especialmente importantes cuando ocurren, pero que con el tiempo acabas reconociendo como el punto en el que algo cambió un poco la partida. Era pequeño, muy pequeño y aunque estaba asustado, realmente no tardó demasiado en empezar a coger cierta confianza. Había en él una mezcla de miedo, curiosidad y prudencia. Esa que parece que tienen todos los animales cuando todavía están intentando entender el mundo en el que han caído.
Pero con el paso de los meses empezó a revelarse su personalidad. Guppy es curioso, muy vocal y tiene una energía aparentemente inagotable, hasta que, de repente, se apaga. No maúlla solo cuando quiere algo, algunos días parece que va comentando lo que está haciendo mientras camina por la casa. Es bastante gracioso, en realidad. Cuando nos vamos de casa y se queda solo un rato, después suele aparecer en la entrada, aunque llegue con cara de haberse pegado tremenda siesta mientras no estábamos.
Hay algo muy de explorador en su manera de moverse. Cada rincón nuevo, cada cosa, cada objeto que aparece, de repente es algo que merece la pena investigar. A veces da la sensación de que para él la casa no es un espacio fijo, sino una especie de mapa que se va desbloqueando poco a poco, como si su propia vida fuese un videojuego y él el protagonista absoluto. Los humanos, unos NPC que le dan comida, que juegan un rato con él y a los que puede morder, arañar y saltar como si fuesen parte del escenario.
Últimamente ha desarrollado una costumbre curiosa. Cuando enciendo la consola en el salón, Guppy aparece casi de inmediato y se coloca delante de la televisión. No cerca, ni al lado. Justo delante, en el punto exacto en el que la pantalla deja de verse. Se sienta ahí con toda naturalidad, como si su presencia formara parte del funcionamiento de la tele. Incluso si está dormido a veces aparece ahí, a veces se ha dormido delante de la tele. No tengo claro si lo hace porque quiere jugar, porque quiere atención o simplemente porque cree que lo que ocurre en la pantalla también es algo que le pertenece. A veces, cuando lo hace, tengo la sensación de que mira desafiante.
Se llama Guppy por el gato de The Binding of Isaac, una de las transformaciones del juego, que no aparece de golpe, sino que la obtienes poco a poco a medida que descubres sus partes a lo largo de la run. Primero encuentras la cabeza, después la cola, al final el cuerpo o una de sus bolas de pelo. Una parte aquí, otra allá, y de repente, cuando se juntan varias, la partida cambia y te das cuenta de que te has transformado. Con este Guppy está pasando algo parecido: su manera de maullar constantemente, luego su obsesión por explorar cada rincón, la fijación que desarrolla por determinados objetos de la casa: tele, sillas, mantas… Pero también esa energía infinita que parece que tiene para jugar. Hasta que se desploma y cae rendido.
Me gusta la de que algo pequeño y aparentemente ordinario pueda, con el tiempo, cambiar la forma en que funciona todo a su alrededor. Aunque, la verdad, cuando lo encontramos debajo de una excavadora aquel agosto, me pareció que encajaba perfectamente, pero en ese momento solo porque físicamente se parece al gato de Isaac. Sin embargo, pensándolo ahora, unos meses después, también porque era un gato diminuto que aún no sabía el impacto que tendría en nuestra casa, pero que poco a poco se ha convertido en alguien imposible de ignorar. Creo que acerté en esta intuición, aunque en ese momento aún ni siquiera estuviese seguro de poder quedárnoslo.
Con el tiempo, su presencia ha empezado a reorganizar la casa a su manera. Guppy no ha transformado nada de golpe, pero sí ha introducido pequeñas variaciones que cambian la rutina: sus horarios, sus apariciones delante de la televisión, la forma en que marca los momentos del día… No es un cambio enorme, pero es suficiente para que la partida ya no sea exactamente la misma. Ahora la casa funciona con una lógica completamente distinta: si antes yo marcaba horarios, este gato los marca aún más, y de alguna manera todo se ajusta a su ritmo, que poco a poco se ha convertido en el ritmo de la casa.



