Obsesiones: los videojuegos y yo
¿Qué me atrae de los videojuegos?
Siempre me han fascinado los videojuegos, realmente desde que era chiquito y en mi comunión me regalaron una GameBoy. Una consola que apenas pude disfrutar porque fue un regalo no deseado por mis padres, que me la acabaron quitando. Creo que a estas alturas y a mis treinta y ocho años, ya han asumido que no son lo que ellos concebían, pero es algo que sigue ahí, enquistado en mi cabeza: la idea de que podría haber disfrutado de ellos mucho antes de cuando realmente empecé a hacerlo.
Luego llegó el ordenador y con él el jugar toda la tarde a todo lo que iba cayendo en mis manos. Gracias a la colección de juegos del El Mundo, descubría aventuras gráficas como Runaway, shooters como Half-Life (que probablemente a día de hoy sigue siendo mi favorito), juegos de estrategia como Imperivm o ARPG como Sacred. Después ya empezaron a llegar los primeros juegos pirateados: GTA, Diablo II, Fallout... Todo siempre en PC. Tardé años en tener una consola y he sido un firme defensor de jugar en PC hasta que empecé a trabajar desde casa hace unos años y el PC me hastiaba.
Hay algunos días en los que echo la mirada atrás y pienso en la adolescencia y en lo mal que lo pasaba en el instituto, pero lo bien y a gusto que estaba en casa, con mi ordenador y mis juegos. Siempre me han fascinado y llevo jugando desde la adolescencia hasta ahora sin muchas interrupciones. De todo el tiempo que ha pasado, muchos de mis ratos libres, gran parte de mi ocio, han estado dedicados a esta afición, pero también parte de él lo he dedicado a pensar en ellos. Supongo que soy obsesivo.
En los últimos años, me he dedicado sobre todo a pensar en ellos más formalmente, éticamente a veces, sus implicaciones, su influencia, como están hechos, por qué se toman determinadas decisiones de diseño y las taras que pueden tener como medio artístico y cultural. También he pensado mucho en cómo representan la realidad y como pueden transformarla, la ficción en general, pero los videojuegos en particular. Sigo pensando que es importante y que, de alguna manera, tienen cierta influencia en la construcción de percepciones y sensibilidades, como cualquier medio cultural, pero probablemente menos de la que creía hace unos años. ¿Me hago viejo y pesimista?
De ellos siempre me ha interesado mucho como son capaces de ir un poco más allá que otros medios, aunque quizás solo es una impresión subjetiva impulsada por mi propia obsesión con el medio. La interactividad no es algo exclusivo de los videojuegos, pero sí que ha sido considerada como una de sus virtudes más características y a través de las mecánicas también se cuentan cosas, sobre el mundo del juego, pero también un poco sobre la vida y como nos enfrentamos a ella. No sé, a lo mejor solo estoy desvariando. Quizás no es nada extraordinario, o simplemente he pasado demasiado tiempo con ellos y mi cabeza tiende a ver patrones donde solo hay entretenimiento. Pero tampoco creo que sea del todo así.
Con el tiempo he empezado a fijarme en algo que antes pasaba por alto: las reglas de los juegos, sus sistemas. No solo lo que cuentan explícitamente con diálogos, sino lo que te obligan a hacer para avanzar: lo que premian, lo que castigan y lo que ignoran. Un juego de estrategia te enseña a optimizar recursos, a pensar en términos de eficiencia. Un RPG puede hacerte sentir que cada decisión tiene consecuencias, aunque esas consecuencias estén cuidadosamente limitadas por el propio diseño del juego. Incluso un shooter aparentemente simple puede transmitir una forma muy concreta de relacionarte con el mundo: reaccionar rápido, dominar el espacio, sobrevivir.
Nada de esto significa que los videojuegos “enseñen” moral o filosofía de forma directa, pero sí que construyen formas de pensar o maneras de ver y enfrentarse a la realidad. Modelos simplificados del mundo, con reglas claras (en la mayoría de los casos) en los que aprendemos a movernos y que son fácilmente legibles en la mayoría de las ocasiones. Y supongo que ahí está una de las cosas que más me obsesionan, sobre todo en los últimos meses: que los videojuegos no solo cuentan historias, sino que crean sistemas en los que puedes vivir esas historias o construir una propia.
¿Quizás una fantasía escapista para evitar pensar demasiado en la realidad? Puede ser. No lo sé. Supongo que parte del atractivo de los videojuegos siempre ha estado ahí: en la posibilidad de entrar en un mundo con reglas comprensibles, donde cada acción tiene una consecuencia relativamente clara. Algo que en la vida real rara vez ocurre de forma tan directa. Quizás por eso siempre me han interesado tanto sus sistemas. No solo si son divertidos o no, sino qué tipo de mundo describen. Qué tipo de comportamientos fomentan. Qué tipo de jugador esperan que seas.
Quizás exagero. Al fin y al cabo, la mayoría de las veces solo estamos hablando de pasar un buen rato delante de una pantalla. Sin embargo, incluso así, sigo pensando que los videojuegos son un medio extraño y fascinante, con demasiadas aristas, con fricciones dentro de sus propios sistemas, y que cuentan historias en las que no solo observas lo que ocurre, sino que participas en ello. Siempre limitados, pero siempre con una sensación de libertad. Libertad ficticia, como en la realidad, pero dentro de un sistema mucho más manejable y comprensible.
Y supongo que este espacio va a ser, sobre todo, una excusa para pensar en todo eso. En por qué hay juegos que funcionan y otros que no, en si son solo una fantasía escapista o son algo más, en si jugar significa algo más que pasar el rato y desconectar. Pensar en mecánicas, en narrativa, en sistemas, en maneras de representar una realidad que cada vez es más compleja y se escapa de nuestro control. En los choques entre lo que el juego es y lo que nosotros queremos que sea.
Al final, probablemente todo esto no sea más que una obsesión personal. Una forma de mirar demasiado tiempo algo que la mayoría de la gente simplemente disfruta y deja atrás. Pero después de tantos años jugando, sigo teniendo la sensación de que los videojuegos dicen más de lo que parece a simple vista. Que en sus reglas, en sus sistemas y en sus fricciones, hay algo interesante que merece la pena pensar con un poco más de calma.
Así que supongo que este espacio nace un poco de ahí. De esa curiosidad persistente por entender mejor los juegos que me han acompañado durante tantos años. Y de la sospecha, probablemente errónea, de que dentro de ellos hay más cosas de las que solemos percibir cuando simplemente encendemos el ordenador o la consola y empezamos a jugar.


