Las ovejas detectives: el valor de las historias sencillas
Hace falta menos cinismo y más honestidad en el cine
Diría que es raro encontrar hoy en día una película como Las ovejas detectives. Quizás no, porque si os digo la verdad, llevo un tiempo algo desconectado de la actualidad y no sé que se estrena, qué no y tampoco veo tanto cine como hace algunos años. En lo que se refiere a esta película sí tengo claro que no reinventa el cine, no tiene giros loquísimos a mitad de metraje o una fotografía que vaya a inundar las redes sociales de contenido. Simplemente pasa que, durante hora y media intenta contar una buena historia de detectives, sencilla, para toda la familia, pero, sobre todo, una historia que funciona.
A lo mejor me ha llegado tanto esta película porque vivimos en un momento en el que hay como cierta obsesión con impresionar constantemente a los espectadores, aunque por lo menos parece que vamos superando la necesidad de que todo tenga que ser oscuro, complejo o traumático. En ocasiones, también parece que se busca una apariencia de inteligencia, como si una obra necesitase justificar permanentemente su existencia demostrando lo adulta que es. Lo importante y trascendente que va a ser culturalmente.
Esto es algo que aplica a todos los medios, no solo al cine: series, videojuegos y novelas parecen estar atrapados en una competición silenciosa por ver quién consigue ser más cínico, incómodo o “profundo”. En medio de todo esto aparece una película, en apariencia tonta, sobre unas ovejas detectives que nos recuerda algo sencillo: la madurez no siempre está en la oscuridad.
Creo que esto puede tener que ver con cierta obsesión y fijación que, durante años, ha llevado a muchos a pesar que la complejidad es lo mismo que la profundidad. Algo así como si una historia solo pudiese ser importante a través del sufrimiento, la violencia o personajes emocionalmente destruidos. Sin embargo, creo que es mucho más interesante saber contar algo simple pero honesto, bueno y bonito.
Y no se trata de reinventar el género. Las ovejas detectives ni lo intenta, tira de todos los tropos que puede y alguno más. Además, no necesita burlarse de si misma cada cinco segundos para demostrar autoconsciencia, no quiere epatar y tampoco convertir escenas en momentos diseñados para la viralidad. Es mucho más sencillo: construye un misterio clásico, te presenta a personajes entrañables y usa un tono amable que confía en el que la sencillez puede quedarse con nosotros.
No tiene miedo a ser cálida, a ser simpática, agradable, emocionante o triste cuando necesita serlo. Y sabe ajustarse a lo que requiere una historia simple y fantasiosa como es la de unas ovejas obsesionadas con las historias de detectives resolviendo la muerte de su dueño. Entiende que puede ser accesible sin ser vacía, infantil y sin tratar a los espectadores como si fuesen idiotas.
Puede que la sorpresa con esta cinta también venga de que a veces asociamos cine familiar con cine menor, pero algunas de las historias que merecen la pena nacen ahí. Películas que son capaces de hablar sobre comunidad, empatía, miedo o soledad desde lugares muchísimo más honestos que superproducciones obsesionadas con parecer importantes.
Películas que no tengan miedo a ser cálidas. Que no sientan la necesidad de disfrazar cualquier emoción sincera bajo capas de ironía. Que entiendan que una obra puede ser accesible sin ser vacía, o aparentemente infantil sin tratar al espectador como si fuese idiota. Pero a lo mejor el problema no es que existan películas oscuras, sino que parece que hemos dejado de valorar todo lo demás. Esa es mi impresión, aunque puedo estar equivocado, claro.
El caso es que Las ovejas detectives es una de esas películas que son importantes sin pretenderlo porque recuerdan que todavía hay algo de espacio para otras formas de entender el cine. Para misterios clásicos, personajes amables y, en general, para películas que simplemente quieren acompañarte un rato y dejarte con una sensación agradable al terminarlas. Sin cinismo, sin grandilocuencia y sin la necesidad constante de demostrar absolutamente nada. Solo es necesario contar una buena historia. Y si fusionas Babe, el Cerdito Valiente con Puñales por la Espalda, te sale una cinta que cumple de sobra con ello.


