La herramienta y el peaje
IA generativa, tecnofeudalismo y la ilusión de crear en sistemas que no nos pertenecen
La IA generativa no supone un problema nuevo, acelera uno más antiguo, el de quién tiene las herramientas, quién captura el valor y quiénes quedamos reducidos a ser meros operadores dentro de sistemas que escapan a nuestro control. La creatividad puede percibirse como un espacio relativamente autónomo, imperfecto, pero todavía habitado. Sin embargo, lo que empieza a perfilarse no es su desaparición, sino una progresiva subordinación a estructuras que no nos pertenecen. No es algo nuevo, cada salto tecnológico conlleva cambios en la relación entre trabajo y producción.
Sin embargo, puede que haya algo cualitativamente diferente en estos momentos: estamos ante el auge de una herramienta que no solo amplifica la capacidad de hacer, sino que empieza a colonizar la capacidad de decidir qué merece ser hecho. Ahí es, bajo mi punto de vista, donde la conversación sobre IA generativa suele desviarse, refugiándose más en el miedo al reemplazo, que es algo más fácil y más inmediato porque puede afectar (y afecta) a nuestra capacidad para subsistir en un sistema defectuoso. También creo que la pregunta es algo más incómoda: ¿qué tipo de trabajo estamos haciendo y estamos dispuestos a aceptar cuando las condiciones del mismo han sido completamente externalizadas y supeditadas a esta herramienta?
Porque la IA en sí misma no es tanto el problema, lo es, en cualquier caso, la lógica que la rodea. Una lógica que convierte cada uno de los avances técnicos que pueden mejorar nuestras vidas en una forma de dependencia y en herramientas para estar sometidos a un sistema cada día más perverso. Esta deriva, si no realidad, hacia el tecnofeudalismo, conlleva que el acceso no se sustituye por la propiedad, la oculta. De esta manera, crear deja de ser una práctica para convertirse, poco a poco, en un peaje.
Esa misma lógica tiene, además, consecuencias que a menudo quedan fuera del foco inmediato ya que el despliegue masivo de modelos de IA implica costes materiales que no son en absoluto abstractos: un mayor consumo energético, infraestructuras bastante opacas y una huella medioambiental que muchas veces queda fuera de la conversación o a la que no se le da la importancia que tiene. Además de, por supuesto, problemas éticos asociados al uso masivo de obras que alimentan modelos de IA sin consentimiento explícito.
Esto conlleva la difuminación de la autoría y la pérdida de capacidad para defendernos en un contexto en el que crear y recombinar empieza a confundirse. El problema es que esto no son cuestiones secundarias, sino síntomas de la misma lógica de extracción y acumulación que atraviesa todo el sistema.
Además, también conviene detenerse en otro desplazamiento menos evidente, pero igual de relevante: la IA no solo optimiza la producción, en cierto sentido también tiende a homogeneizar el criterio y el contenido. Todo lo que funciona bien dentro del sistema; lo más probable replicable o eficiente, acaba convirtiéndose en la norma. Esto desplaza progresivamente todo lo singular, incómodo o difícil de procesar. No va a desaparecer, pero poco a poco, va a ir perdiendo visibilidad, peso y, al final, valor. Así, cuando el valor se define como aquello que el sistema puede procesar mejor, la creatividad deja de ser un espacio en el que podemos explorar y se convierte en un simple ejercicio en en el que ajustamos y optimizamos para seguir creando valor.
En el ámbito creativo digital, además, conviene asumir una incomodidad adicional: en cierto modo, hemos contribuido a construir el terreno sobre el que ahora se despliega esta homogeneización. Durante años, el SEO, la optimización de contenidos y la lógica de las plataformas nos han empujado, y nosotros hemos aceptado, hacia formas de producción cada vez más estandarizadas, más predecibles, más orientadas a encajar en sistemas de clasificación y visibilidad. No era una elección absurda: era, en muchos casos, la única forma viable de existir dentro de esos entornos. Pero ese mismo proceso ha ido erosionando progresivamente la singularidad en favor de la eficiencia. La IA generativa no inaugura esta lógica, simplemente la lleva a su extremo: automatiza y escala una forma de crear que ya habíamos interiorizado.
En este punto también es importante preguntarse si defender la IA generativa como herramienta es algo posible. Sin embargo, es necesario que para abordar los problemas que esta puede tener haya que entender y aceptar una tensión de fondo: la propia tecnología que podría ayudarnos y ser una herramienta en otro contexto social y económico, se va a integrar, queramos o no, en el modelo que la pervierte. Así, es necesario hablar de fricciones y de esta tensión que se genera porque sino el debate queda reducido a una falsa dicotomía entre entusiasmo ingenuo y rechazo estéril.
Esto introduce una mutación silenciosa en la figura del creador. Ya no se trata tanto de producir desde cero como de saber interactuar con un sistema que produce por nosotros. El gesto creativo se desplaza arrastrado por las inercias del sistema: pasamos de hacer a seleccionar, de decidir a ajustar, de construir a iterar sobre lo ya generado. Y aunque esto no implica necesariamente una pérdida inmediata de valor, sí redefine nuestra posición dentro del proceso porque dejamos de ser autores para convertirnos, progresivamente, en operadores cualificados de sistemas que no controlamos.
Y, sin embargo, todo esto ocurre bajo una apariencia de agencia. Podemos generar, modificar, iterar, producir a una velocidad inédita. Sin embargo, esas nuevas capacidades y posibilidades están condicionadas y definidas por quienes tienen el control de la herramienta. Además, están bajo condiciones en las que nosotros no decidimos y que pueden cambiar sin previo aviso. Así, aunque nuestra sensación de control puede parecer real, está tremendamente limitada en lo estructural. Y es de esta combinación de donde sale un modelo eficaz y difícil de cuestionar bajo las lógicas de la sociedad en la que nos ha tocado vivir.
En ese sentido, la IA generativa no introduce tanto una ruptura como una aceleración: hace más visibles, más rápidas y más difíciles de cuestionar dinámicas que ya estaban en marcha. Por eso resulta tan fácil centrar el debate en sus efectos inmediatos y tan complicado sostener una conversación más amplia sobre las estructuras que la hacen posible.
A partir de ahí, la pregunta ya no es si va a sustituirnos, porque puede que lo haga, que haya trabajos en los que sí y otros en los que no, que acabe siendo una herramienta que los simplifique o que todo se quede en un gran pufo. Lo importante de esta discusión no es tanto eso, sino en qué condiciones estamos dispuestos a convivir con ella. Cómo vamos a pelear por nuestros derechos y nuestro futuro bajo lógicas que se escapan a nuestro control. Cómo vamos a disputar espacios de decisión en sistemas que, por su propio diseño, tienden a estar concentrados en manos de unos pocos. Y esa, quizás, es una conversación bastante menos cómoda y mucho más complicada de mantener dentro del caos y el pánico a perder aquello que nos permite subsistir.


