Entender el mundo jugando
¿Pueden permitirnos habitar otras perspectivas?
Los seres humanos necesitamos explicar el mundo que nos rodea. Entender por qué las cosas son como son y para poder hacerlo siempre hemos utilizado las herramientas que hemos tenido a nuestro alcance. Una de las más importantes es el relato porque contar historias es una manera de dar orden al caos. Y, seamos sinceros, el mundo cada vez es algo más caótico, más incomprensible y más difícil de explicar. Quizá por eso seguimos contando historias: porque necesitamos encontrar algún tipo de sentido, aunque sea provisional.
A través de lo que contamos compartimos nuestras ideas, miedos, sueños y preguntas. Es algo que hemos hecho durante mucho tiempo y seguiremos haciendo durante mucho más, aunque nos lo quieran quitar. Para ello hemos usado diversos medios, desde la hoguera hasta el cine, pasando por la literatura y llegando a los videojuegos. Da igual el formato, lo que nunca se acaba es la inquietud del ser humano por compartir. Y es que, en gran medida, nuestra evolución como sociedad está precisamente ligada a nuestra capacidad para imaginar mundos posibles, alternativas a cada realidad temporal para intentar transformarla.
Contar historias es una forma de ordenar el mundo, de darle sentido a cosas que realmente no lo tienen. En este sentido, la imaginación humana no parece tener demasiados limites ya que hemos explorado nuestro interior, pero también hemos mirado hacia fuera, preguntándonos que puede haber más allá de nuestro planeta. Somos seres curiosos por naturaleza, aunque, a veces, la vida, las responsabilidades y el propio sistema en el que vivimos quieran quitárnosla o matarla.
Los videojuegos también han pasado a ser parte de esta tradición narrativa, alzando la bandera de la interactividad como seña de identidad. No obstante, durante décadas han absorbido los códigos de otros medios y los han intentado aplicar para construir algo propio. Del cine, el montaje, de la literatura, la narrativa, del cómic y la animación, muchos de sus códigos y formas visuales. Pero, al mismo tiempo, los videojuegos han ido desarrollando algo propio: la posibilidad de que el jugador no solo observe una historia, sino que participe en ella.
En un videojuego no solo vemos lo que ocurre. Lo recorremos, atravesamos su mundo para entenderlo y formar parte de él. Tomamos decisiones, exploramos espacios, aprendemos reglas y experimentamos sistemas. La historia no solo se cuenta: también se juega. Probablemente esto no es algo exclusivo, sino heredado y transformado desde otros medios porque aunque a veces lo pensemos, la interactividad no siempre es exclusiva de los videojuegos, depende de cómo entendamos el concepto. Y es que, una novela exige la imaginación del lector, el teatro necesita al público, y, al final, cualquier historia se completa en la mente de quien la recibe.
En este sentido, es probable que el lenguaje del videojuego siga siendo un territorio en construcción mientras que otros medios hace ya tiempo que han ido encontrando su camino y su propia voz. Esto no quiere decir que no haya margen a la innovación, sino que el videojuego como expresión cultural y artística está empezando a existir. Además, de entre todos, puede ser el que más ligado está a los avances tecnológicos, aunque puedo estar equivocado.
También existen ciertas particularidades en este medio y aunque muchas veces hemos pensado el videojuego desde su parecido con el cine, a lo mejor está más cerca del teatro. En el cine la historia ocurre independientemente de nosotros y podemos interpretarla o emocionarnos con ella, pero la película seguirá siendo la misma cada vez que se proyecte. En el teatro, en cambio, cada representación de una misma obra es distinta porque depende del propio elenco y, en ocasiones, de lo que ocurre entre actores y público en ese momento concreto, en una representación determinada.
En los videojuegos sucede algo parecido porque la experiencia no existe del todo hasta que alguien juega. No somos solo espectadores de lo que ocurre: participamos en ello. De esta manera, en cierto sentido, también interpretamos un papel: nos movemos dentro del escenario, tomamos decisiones y reaccionamos ante lo que el universo jugable nos propone. Así, no solo interpretamos lo que se nos cuenta, sino que actuamos dentro del sistema que lo sostiene.
Es cierto que desde hace tiempo existen teorías que sostienen que toda obra es, en cierto modo, nueva cada vez que alguien la experimenta. Una novela no es exactamente la misma para cada lector y una película tampoco significa lo mismo para todos los espectadores, porque cada uno completa la obra desde su propia experiencia, su memoria y su forma de mirar el mundo. Sin embargo, es posible que en los videojuegos ocurra algo ligeramente diferente en cuanto a su interpretación: no se trata solo de cómo entendemos la obra, sino de cómo la atravesamos. Es decir, como las decisiones, caminos, errores o reglas son cosas que aprendemos y modifican la experiencia. Esto hace que el recorrido nunca sea exactamente el mismo y cada partida se puede convertir en una representación distinta.
Por eso las reglas del mundo, las mecánicas y las decisiones que podemos tomar dentro de los marcos y limites que se nos imponen en el escenario, pasan a formar parte de la experiencia narrativa. No se trata solo de lo que nos cuentan, sino de como lo experimentamos y quizás por eso el lenguaje del videojuego sigue siendo un territorio en construcción. Mientras que otros medios llevan siglos asentando sus formas narrativas, el videojuego continúa explorando las suyas. Cada avance tecnológico abre nuevas posibilidades y cada generación de creadores prueba maneras distintas de utilizarlas.
Es en este punto en el que el videojuego parece ser un medio especialmente interesante, al menos, desde mi punto de vista. Y es que no solo sirven como un entretenimiento, sino que pueden ser una herramienta poderosa para generar empatía, explorar ideas o representar realidades más complejas. Y esto es una de las cosas que más me interesa: cómo la narrativa, las mecánicas y la interacción pueden combinarse para crear experiencias que nos permitan ver el mundo desde otra perspectiva.
Porque, al final, los videojuegos no solo cuentan historias. También construyen sistemas que el jugador tiene que comprender, interpretar y habitar. Y a veces, cambiando ese sistema, podemos cambiar también la forma en la que entendemos ciertas realidades. Quizá ahí resida una de sus capacidades más interesantes: no solo nos permiten contar historias sobre el mundo, sino también experimentar otras formas posibles de habitarlo. O a lo mejor no y tan solo estoy divagando porque me gustan demasiado. Quien sabe.


