El placer de mirar lo que no importa
Otras obsesiones: fútbol
Se le atribuye a Valdano la frase de que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes de la vida. No estoy 100% seguro de que sea suya, creo que sí, pero, en cualquier caso, supongo que un punto de razón tiene. Quizás no, fue futbolista, entrenador y comentarista deportivo. Y habla demasiado y cuando hablas mucho tienes más posibilidades de decir tonterías. Lo mismo cuando escribes, ya me perdonaréis.
Siempre he sido del Depor. No del fútbol en general, ni de las grandes ligas, ni de los equipos que la gran mayoría ve por televisión. No es una crítica ni considero que sea especial. De hecho, puedo ver otros partidos, y a veces lo hago, incluso quedarme pegado a la pantalla con una final de Champions, pero la verdad es que me interesa poco salvo que juegue el Deportivo de A Coruña. Mi interés por este deporte es por ese equipo concreto, por la ciudad, por la camiseta azul y blanca, por los recuerdos que asocio a ellos: cada descenso, cada ascenso y cada resultado improbable que a veces parecía imposible y se dio.
A pesar de ello, mi relación con el fútbol no ha sido constante, lo está siendo en los últimos años, pero he pasado mucho tiempo desconectado de él, solo fijándome en resultados. Hubo temporadas enteras en las que apenas le he prestado atención, ni siquiera a mi equipo. Pasaban semanas sin que pusiera un partido en la tele, distraído por otras cosas, o quizás harto de la mediocridad de la liga, de lo triste que es que en el deporte profesional apenas haya sorpresas, o simplemente aburrido del mismo ritual.
Es curioso cómo funcionan estas obsesiones. Después de un tiempo alejado del fútbol, me volví a enganchar con el Depor de la manera más amarga: con un descenso a Segunda B. Un descenso injusto, diremos muchos aficionados. Con todo en juego en la última jornada, positivos por COVID en el Fuenlabrada hicieron que el partido decisivo no se jugase en jornada unificada, como estipula el reglamento cuando hay varios equipos en lid por un mismo objetivo, en este caso: la permanencia. Mientras los demás equipos disputaban sus encuentros, nosotros nos quedamos esperando. Al final, las victorias de los rivales certificaron un descenso trabajado a lo largo de la temporada, pero que aun así dejo una sensación de frustración inmensa.
La sensación de injusticia fue enorme, y quizá fue esa mezcla de impotencia, frustración y absurdo la que me hizo volver a sentarme frente a la pantalla, a mirar a mi equipo, a vivir otra vez la pasión que había dejado en pausa durante años. La pandemia, el mundo detenido, el fútbol desigual: todo amplificó ese magnetismo silencioso que todavía me mantiene pegado a cada jornada.
Ahora estoy enganchado, soy socio y cada semana desde hace ya unos años vuelvo a encender la pantalla y a mirar cómo se mueve el balón, cómo los jugadores luchan, cómo las estadísticas me dicen que todo es improbable y a la vez inevitable. Cuando puedo y me acuerdo, voy a Riazor también. Esa desigualdad, esa irregularidad, forma parte de lo que hace al fútbol tan obsesivo: puedes alejarte, despreocuparte, y aun así siempre hay un imán que te hace volver.
El fútbol tiene algo extraño: incluso cuando es malo, seguimos viéndolo. Incluso cuando los partidos son mediocres, con centros sin sentido, pases predecibles y tiros que se van fuera del estadio, seguimos pegados a la pantalla o al asiento, en la grada. En lo que respecta a mi equipo, en particular, hay semanas en que todo parece rutinario, repetitivo: los mismos jugadores, otra vez defendiendo con línea de cinco, forzando al mediocentro a actuar como un central, el mismo entrenador que insiste con tácticas que nadie entiende, los mismos delanteros buscando espacios que no existen. Y aun así, ahí estoy yo, observando cada minuto. Porque, de algún modo, incluso la mediocridad tiene su fascinación.
Recuerdo partidos enteros que a cualquiera le parecerían aburridos, pero que para mí eran rituales. Jornadas interminables donde la rutina dominaba, donde la victoria parecía improbable y la derrota casi segura. Me sentaba frente a la tele y observaba. No siempre esperaba emociones fuertes, ni goles memorables, ni jugadas espectaculares. Lo que me importaba era participar en ese acto de mirar, de seguir el sistema de reglas (¿estoy obsesionado con las reglas?) que hace que noventa minutos puedan contener tanto, aun cuando parece que no contienen nada.
Hay algo casi hipnótico en esa repetición: el mismo patrón, el mismo balón, el mismo árbitro errático, y aun así nunca es igual. Cualquier pase puede ser un error, cualquier despiste puede ser un gol, cualquier momento anodino puede transformarse en algo que recuerdes. Y, cuando no ocurre nada, seguimos ahí. Porque ver un partido de fútbol, incluso aburrido, es también aprender a esperar, a reconocer la posibilidad de lo inesperado dentro de un marco limitado.
Creo que esta obsesión refleja algo más profundo sobre nuestra relación con los sistemas que seguimos. Al igual que en los videojuegos que me obsesionan, el fútbol me da reglas claras y un marco de acción definido: once jugadores por equipo, noventa minutos, un balón y un objetivo. Pero dentro de esa simplicidad, todo es imprevisible. Incluso un partido mediocre tiene pequeñas variaciones que producen historias únicas: un balón que cae donde no debería, un fallo defensivo que se convierte en gol, un jugador que parecía invisible y de repente decide todo con un toque brillante.
Y aun cuando mi equipo pierde o juega mal, sigo enganchado. Que pierda el Depor me suele enfadar, pero es un enfado rápido, desaparece normalmente en unas horas, aunque a veces se enquista. Y es que, en general, no se trata tanto de la victoria como de la emoción inmediata. Mirar, sentir una conexión con algo que percibo como más grande que yo, incontrolable pero, al mismo tiempo, familiar. Cada partido, cada jornada, incluso las más aburridas, forman parte de una narrativa más amplia que se despliega a lo largo de años. Mi historia con el Depor no es lineal: hay momentos de pasión absoluta, momentos de decepción, y largos periodos de ausencia, donde ni siquiera lo veo. Y aun así, siempre hay algo que me hace volver.
Esta relación desigual con el fútbol, con mi equipo, me ha enseñado a valorar tanto los momentos brillantes como los anodinos. Porque la mediocridad también tiene su lugar: me obliga a mirar con atención, a observar detalles que de otra manera ignoraría, a aceptar que no siempre hay emoción inmediata y que aun así cada partido tiene significado. Cada error, cada pase perdido, cada tiro que se va fuera, todo ello forma parte del sistema que hace que el fútbol sea tan fascinante.
Y hay otra dimensión que hace que incluso los partidos malos sigan siendo valiosos: la comunidad. Aunque esté solo frente al televisor, sé que hay otros que también están viendo lo mismo que yo, que comentan, que sufren y celebran de manera paralela. La mediocridad compartida se convierte en un lazo invisible: hablamos de partidos aburridos, de jugadas que no existieron, de goles que pudieron ser. Eso crea un lenguaje compartido que añade profundidad a lo que de otro modo sería un acto solitario y trivial.
A veces pienso que esta obsesión refleja algo de lo humano: la persistencia ante la rutina, la capacidad de encontrar sentido incluso cuando no hay emoción, la fidelidad silenciosa a algo que forma parte de nuestra memoria y de nuestra identidad. Como con el Depor, la relación con el fútbol no es lineal ni constante. Hay ausencias largas, periodos de desinterés, y aun así la pasión puede resurgir en cualquier momento, muchas veces con la misma intensidad que cuando era niño y veía partidos con la ingenuidad de la primera vez.
Por eso sigo viendo fútbol incluso cuando es malo. Porque cada partido, por mediocre que parezca, contiene la posibilidad de algo inesperado, de alcanzar momentos que parecen grandes, aunque esa grandeza no exista realmente. Pero es que la rutina, lo trivial tiene valor, porque la historia del equipo, la mía con el Depor, y la narrativa colectiva forman un tejido que sigue siendo fascinante, aunque la emoción no siempre sea inmediata. Incluso cuando los goles son pocos, los tiros imprecisos y los entrenadores testarudos, sigo allí, pegado a la pantalla, porque el acto de ver fútbol es parte de lo que hace que este deporte sea importante, aunque sea de las cosas menos importantes de la vida.
Y, tal vez, ese sea el verdadero encanto del fútbol: no siempre nos da grandes momentos, pero siempre nos da la posibilidad de volver, de mirar, de participar. Y en eso, incluso en los partidos más aburridos, reside un poco la magia de este deporte. Supongo, no lo sé.


