Cuando un juego funciona
¿Lógica invisible en los videojuegos?
No sé realmente cuan extraño es, supongo que nos pasa a todos los que tenemos costumbre de jugar, pero aunque no sea siempre, a veces pierdo por completo la noción del tiempo y lo que iba a ser una hora, acaban siendo tres. No pasa nada realmente interesante en ese tiempo, no me están contando una gran historia ni hay fuegos artificiales en la pantalla, ni una escena tremendamente memorable. A lo mejor solo he estado dando vueltas por el mapa y contemplando el paisaje, pero el tiempo pasa y yo no me he dado cuenta. Solo he estado jugando.
A veces he pensado que la sensación de estar perdido en un juego, de que el tiempo pase sin enterarme, tenía que ver con el género, con la nostalgia o con algún tipo de conexión emocional con lo que estaba viendo en pantalla. Quizás con una historia especialmente buena o con un mundo que apetecía explorar sin prisa. Es una explicación razonable, supongo. Al fin y al cabo, cuando algo nos gusta tendemos a pensar que el motivo está en lo que cuenta o en cómo lo cuenta. Sin embargo, a medida que me hago viejo y sigo jugando, he empezado a fijarme en otras cosa: en lo que el juego me obliga a hacer.
Quiero decir, no es tanto lo que lo que el juego me estaba contando sino como este estaba funcionando: sus reglas, el sistema y todo el aparataje que lo hace funcionar. La forma en la que este respondía cuando hacía algo bien o cuando me equivocaba: premios, castigos y sobre todo lo que ignoraba. Y es que, cuanto más juego mas sensación tengo de que los videojuegos no solo funcionan a través de lo que nos enseña sino por lógicas internas que escapan de nuestro control mientras los atravesamos.
Cuanto más juego, más tengo la sensación de que este medio es, ante todo, un sistema: un conjunto de reglas que premian determinadas acciones, castigan otras y, sobre todo, te enseñan poco a poco cómo moverte dentro de ellos. Quizás por eso algunos juegos funcionan y otros no. Porque cuando el sistema está bien calibrado, cada acción parece encajar exactamente con lo que somos capaces de hacer en ese momento. Y cuando eso ocurre, dejamos de mirar el reloj.
Sin embargo, tampoco estoy del todo seguro de que sea tan sencillo. Es tentador pensar en los videojuegos como sistemas perfectamente equilibrados, pero sospecho que esa explicación también simplifica demasiado lo que ocurre cuando jugamos. Al fin y al cabo, las reglas no lo son todo y los jugadores no siempre seguimos el camino marcado, no respondemos a sus sistemas de la manera que espera el diseño y muchas veces ignoramos los objetivos para probar cuáles son realmente los límites de lo que estamos haciendo. Y aun así seguimos ahí, dentro del juego. Por eso a veces me pregunto si no estaremos proyectando demasiado orden sobre algo que en realidad es mucho más caótico: una mezcla de reglas, expectativas y pequeñas decisiones improvisadas que solo después, cuando lo pensamos con calma, parecen encajar como si siempre hubieran tenido sentido
Mi conclusión de todo esto es que no sé muy bien cómo explicar ese momento. No es que el juego se vuelva más espectacular de repente ni que empiece a ocurrir algo extraordinario en pantalla. Más bien es lo contrario: todo empieza a fluir con una naturalidad casi invisible. Cada acción parece tener sentido, cada pequeño objetivo lleva al siguiente sin que haga falta pensarlo demasiado. Avanzas un poco más, exploras un rincón más del mapa, pruebas otra estrategia, recoges un objeto que quizá sea útil más adelante. Y sin darte cuenta ya llevas horas dentro de ese pequeño sistema de reglas.
Supongo que hay algo profundamente atractivo en esa sensación de encajar dentro de un sistema que funciona. En la vida real rara vez ocurre algo así. Podemos hacer todo bien y aun así que las cosas salgan mal. Podemos tomar decisiones razonables y que el resultado sea completamente imprevisible. En los videojuegos, en cambio, casi siempre hay una lógica interna que sostiene todo lo que ocurre. Puede ser más o menos compleja, más o menos opaca, pero está ahí. Si haces algo, pasa algo.
Quizás por eso resultan tan absorbentes cuando funcionan bien. No porque cuenten grandes historias ni porque tengan los gráficos más impresionantes, sino porque consiguen algo bastante más sencillo y a la vez más difícil: construir un sistema en el que nuestras acciones tienen consecuencias comprensibles. Un sistema que poco a poco nos enseña cómo movernos dentro de él hasta que llega un momento en el que dejamos de pensar en las reglas y simplemente jugamos.
Y cuando llegamos a ese punto, cuando todo parece encajar con cierta naturalidad, el tiempo empieza a comportarse de forma un poco extraña. Porque seguimos jugando, y jugando, y jugando… sin darnos cuenta de cuánto rato llevamos dentro de ese pequeño mundo de reglas claras. O, al menos, lo bastante claras como para que queramos seguir dentro.


